Lo que partió casi como una humorada de Rafael Tirado –hacer vinos propios en un remoto predio familiar–, ha terminado por convertirse en el que tal vez sea su proyecto de vida más importante. Y es probable que cuando plantó las primeras parras a orillas del cordillerano lago Colbún no haya estado en sus pronósticos que lo que produciría allí tendría tanto éxito y se convertiría en un referente de los vinos con sentido de origen en Chile.
Fuimos a Ribera del Lago a comienzos de enero para apreciar, con nuestros propios ojos, este notable emprendimiento. Tirado estableció allá las primeras parras hacia 1993, cuando estaba recién egresado de la universidad. Tenía unas estacas de cabernet sauvignon que ubicó en una ladera empinada con exposición
poniente casi al final de ese lago artificial de la región del Maule, y que hoy muestra con orgullo como el embrión de lo que serían sus vinos Laberinto.
Por entonces, su suegro había comprado allí algunas hectáreas pensando en convertirlas en un tranquilo lugar de veraneo; así es que era cosa de probar y ver qué podía salir de esas tierras agrestes. Desde entonces, la cantidad de hectáreas del predio ha ido creciendo año tras año, y también la de los viñedos. Hoy son 18 las que están plantadas con diferentes variedades. Entre ellas se destaca un sector de excelente merlot, dos de sauvignon blanc y uno de pinot noir, cuya primera cosecha ya está por salir al mercado.
Este talentoso enólogo explica que en vez de atenerse a la academia decidió plantar sus viñas en un “desorden ordenado”, probablemente reflejando su propia personalidad. Así, aparte de un sector que es un laberinto propiamente tal –que incluso sigue el diseño de un famoso jardín barroco europeo–, los viñedos tienen todo tipo de orientaciones, dependiendo de la topografía del terreno y del resultado que Tirado quiere obtener. Si lo que busca es calidez, planta de norte a sur (con hileras que reciben similar cantidad de exposición al sol por ambos lados); para mayor frescor, elige plantar de este a oeste (lo que le permite sombrear mejor los racimos).
Este esquema resulta especialmente atractivo cuando uno observa más de cerca los dos sauvignones blancos que produce: Cenizas de Barlovento y Arcillas de Sotavento. Cuando fue el momento de plantar, Tirado
decidió extremar las expresiones de los dos cuarteles que le proporcionarían la fruta. El de Cenizas está dispuesto sobre una ladera que mira al sur (ya de por sí una orientación muy fresca), por lo que él optó por incentivar esa vocación de frescor plantando las parras en orientación este-oeste. El cuartel de Arcillas, en cambio, está sobre una ladera de suelo aluvial que mira al oeste, con hileras que van de norte a sur (incluso siguiendo trazados curvos) para enfatizar la aptitud más cálida de ese sector. Si bien el año anterior (cosecha 2010) Tirado mezcló ambos vinos, en 2011 resolvió ofrecerlos por separado, y la verdad es que las diferencias entre ambos, salidos de un terroir tan pequeño, sorprenden muchísimo: mientras Cenizas es pura fruta cítrica, fresca y jugosa, Arcillas es más tropical y untuoso, pero ambos entregan una acidez y mineralidad que son deliciosas. Sólo dependerá de la ocasión de consumo cuál de ellos uno elija.
Este notable proyecto no sería lo que es si Tirado no tuviera la posibilidad de vinificar en su propia bodega. Si bien es chiquita (por lo menos la parte visible), está muy bien pensada. Tiene varios estanques de cemento bajo el nivel del suelo. A ellos se accede por bocas muy anchas que dan la posibilidad de trabajar con pisoneo, y no sólo con remontajes, a fin de controlar mejor la extracción. Además, hay unos estanques de acero de formas cúbicas (y no cilíndricas) para aprovechar mejor el espacio interior. Todo se trabaja allí mediante gravedad. La bodega de guarda de barricas, por su parte, es un sencillo túnel subterráneo de cemento que mantiene la humedad y la temperatura de manera envidiablemente natural.
Después de recorrer los viñedos, y ya sentados bajo uno de los añosos árboles del jardín de la casa de Rafael, con la luna llena asomándose tras las montañas y el lago como telón de fondo, probamos, a modo de anticipo, el Pinot Noir Laberinto 2010. Está aún muy nuevito y conviene esperarlo a que se abra en la copa. Ya muestra su bonito color y una textura liviana, con muchas cerezas y guindas, además de notables notas de humo y ceniza, que ciertamente provienen del lugar. Un vino que, estoy segura, dará que hablar.
También degustamos el Merlot Laberinto 2011. Curiosamente, me recordó un vino que me gustaba mucho, sobre todo en los tiempos en que el mismo Rafa lo elaboraba, el Merlot Reserva Especial de viña Veramonte. El de Laberinto es como de texto, con mucha fruta roja jugosa, notas de té, una madera casi inexistente (utiliza
sólo barricas de segundo uso) y algunos matices asociados al maqui y a otros árboles nativos que aún se conservan en medio de los viñedos.
Durante la rica comida con la que nos agasajó Heidi, la señora de Rafa, probamos el Cabernet Sauvignon 1997, el segundo que salió de aquellas parras plantadas inicialmente casi como una humorada. ¡Quince años y todavía se mantiene joven, con una agilidad envidiable! Sin concesiones a las dulzuras, este es uno de esos vinos verticales, donde manda la rica estructura y la acidez, además de una fruta sabrosa que se mezcla con tonalidades de cenizas, que definitivamente están en esos suelos volcánicos del Maule cordillerano. ¡Como para beber varias botellas!
Cuando veo lo que Rafael Tirado ha logrado en su viña Ribera del Lago, a orillas del lago Colbún, es como para pensar en multiplicar por cien estos embalses cordilleranos (aunque no parezca políticamente muy correcto decirlo…). Aparte de que sirven para generar energía eléctrica limpia (a un costo relativamente bajo) y para desarrollar obras de regadío (importantísimas en estos tiempos de sequía), algunas personas podrían aventurarse a plantar viñedos en sus laderas, cerca de sus orillas, aprovechando los especiales microclimas que se producen en las proximidades de estas grandes masas de agua. Ello sería un aporte más que deseable para nuestra vitivinicultura en términos de diversidad y de vinos con sentido de origen.
(Fotografías de Enrique Rivera)