Entre las obras literarias que he leído en las últimas semanas (y no han sido pocas aprovechando la paz del verano) destaco esta novela del gran escritor húngaro, escrita en 1942, pero revalorada en Occidente medio siglo más tarde luego de su muerte en el exilio. En ella se cruzan el amor, la traición, el odio, la cobardía y la desesperada búsqueda de una verdad que a uno de sus personajes le ha sido esquiva por más de cuarenta años.
Sándor Márai gozó de mucha fama entre fines de los años 20 del siglo pasado y el término de la Segunda Guerra Mundial. Aparte de su obra narrativa, escribió poesía, piezas teatrales, ensayos y muchos artículos periodísticos. Nacido en 1900 en el seno de una familia acomodada, en una ciudad del vasto Imperio Austrohúngaro que hoy se llama Košice y pertenece a Eslovaquia, atravesó sin mayores contratiempos las dos conflagraciones que asolaron al continente europeo.
En la década de los 20, incómodo con el signo fascista del régimen de Miklós Horthy, Márai se alejó de Hungría y vivió algunos años entre Alemania y Francia. Pero volvió finalmente a su patria sin ser molestado por su actitud disidente, y allí escribió sus más importantes obras, ya todas en húngaro, a diferencia de las primeras, en las que empleó el alemán, un idioma que dominaba desde la infancia debido a la ascendencia germana de su padre.
Sin embargo, su libertad de expresión duró hasta que se instaló un gobierno comunista en su país al término de la Segunda Guerra. Acusado de “escritor burgués” por las nuevas autoridades, optó por el exilio, radicándose finalmente en los Estados Unidos con su esposa. Y de haber sido uno de los escritores más celebrados de la Mitteleuropa, terminó borrado del mapa cultural de Hungría y sus libros eliminados de las librerías y bibliotecas.
La intelectualidad de izquierda de Occidente también contribuyó, a su manera, a marginarlo. Sus últimos años los pasó en San Diego, California, viudo, enfermo y en completa soledad. En febrero de 1989 decidió suicidarse de un balazo, sin imaginar que pocos meses después caería el Muro de Berlín y con él todos los Estados socialistas de Europa del este.
La “resurrección” de Sándor Márai comenzó en la década de los 90 con la publicación en distintos países de novelas que había escrito y publicado 50 o 60 años antes. Entre ellas Confesiones de un burgués (1934), Divorcio en Buda (1935), La herencia de Eszter (1939), La amante de Bolzano (1940), La mujer justa (1941) y El último encuentro (1942). En medio de tanto experimentalismo literario, se redescubre y valora la calidad de su prosa realista, culta, bien construida, de mucho retorcimiento reflexivo y llena de pasión por los temas que atañen a sus personajes.
El último encuentro (Ediciones Salamandra, 207 páginas) se desarrolla en un remoto castillo de Hungría de propiedad de un general retirado. Una carta le anuncia la visita de Konrad, un entrañable amigo de juventud,
compañero de estudios en una Academia Militar austríaca, con quien no se ve ni se trata desde hace 41 años, más precisamente desde un día de julio de 1899, a raíz de un episodio que en la novela comienza a develarse poco a poco, con creciente y despiadada intensidad.
El general ordena disponer una cena para recibir a Konrad en el mismo salón donde habían comido por última vez, y hasta con la misma vajilla. No cometo ninguna indiscreción ante los potenciales lectores de la novela revelando que hay una mujer de por medio en este asunto (siempre las hay en estos enredos pasionales…). Pero ella, Krisztina, fallecida hace muchos años, sólo sobrevuela la trama como un odioso e imborrable recuerdo para el general.
Mientras espera la llegada de Konrad, el general va recordando hechos de su vida. Su vieja nodriza (que tiene 91 años, pero se mantiene lúcida y está enterada de muchos aspectos del drama) le pregunta qué quiere de ese hombre. “La verdad”, le dice su patrón. Porque lo que él conoce hasta entonces sólo es la realidad de lo
acontecido: “La realidad no es lo mismo que la verdad. La realidad son sólo detalles. Ni siquiera Krisztina conocía la verdad. Quizás la sepa Konrad. Ahora se la quitaré”, agrega calmadamente.
El general recibe con cordialidad a su visita y la cena transcurre sin mayores tensiones. Pero cuando dejan el comedor y se trasladan a una sala de estar a fumar y beber, el dueño de casa empieza a interrogar a Konrad con preguntas cada vez más incisivas, tras esa verdad que le ha sido esquiva y que no lo ha dejado vivir en paz durante 41 años.
Son dos largos capítulos –los más largos de la novela– en los que el general acorrala a su invitado con obsesivas preguntas e implacables consideraciones morales, sin dejarle muchos espacios para responder adecuadamente (si es que cabía decir algo en esas circunstancias y frente a las sospechas y evidencias que van surgiendo).
Una observación de carácter formal: creo que Sándor Márai dilata demasiado el interrogatorio y las reflexiones de su personaje, haciendo que el relato pierda agilidad justo en los momentos en que la acción debería más bien acelerarse. Pero el lector perdonará estos desbordes literarios y aceptará que son parte de la apasionada personalidad del escritor, de su involucramiento en el tema y de su compleja y vehemente alma centroeuropea.
Como información complementaria, vale la pena mencionar que a mediados de 2007 se dio en Santiago, en el Teatro Camino, una versión teatral de El último encuentro, con Héctor Noguera, Alejandro Sieveking y Bélgica Castro en los roles principales. La presentación fue parte del evento cultural Días de Hungría, organizado por la embajada de ese país (y en particular por el embajador de entonces, doctor József Kosárka) y la prorrectoría de la Universidad de Chile.